miércoles, 28 de noviembre de 2007

Encomio de los infames

Vivimos tiempos de increíble ensalzamiento del tipo humano pesebrista. En la cultura es un fenómeno tan cierto como preocupante, pues el daño que el pesebrista político-cultural causa a la sociedad en general y más en particular a la cultura es difícilmente cuantificable, tanto por lo que hace directamente, es decir, por la prostitución de la cultura al servicio de unos intereses espurios, como por lo que provoca indirectamente, y que no es otra cosa que ejercer una especie de efecto tapón que evita el afloramiento de la verdadera cultura, al estar el marco cultural copado con los subproductos culturales de estos pesebristas; subproductos que no merecen otros calificativos que los de poesía-basura, novela-basura, literatura-basura ya más en general, arte-basura e incluso crítica literaria-basura, pues también entre los críticos de la cultura hay consumados practicantes del halago y la lisonja al poder establecido. ¡Ellos bien saben, y bien callan, que será sólo la alabanza al poderoso lo que haga circular su “obra”!
Vivimos tiempos en los que el pesebrista de la cultura es mimado y querido por poderes públicos y privados, es bien tratado por la prensa, es hasta considerado por cierto minúsculo público, siempre decreciente. No es de extrañar entonces que un rasgo común en ellos esté en ser auténticos doctores en la corrección política. Y así, tras una jerga que suele ser revolucionaria, liberadora, alternativa o vanguardista se esconde la más profunda corrección política. En el fondo nunca saldrán de los términos medios, de lo establecido, de los lugares comunes. Son demasiado cobardes para cualquier tipo de disidencia real. Estos maestros del eufemismo, de la confusión, de la difuminación e invisibilización de la realidad, de la construcción de relatos, del discurso poliédrico y zigzagueante, de la puesta en escena mediática no dudarán en lanzar el más terrible anatema sobre cualquiera que critique o amenace su modus vivendi pesebrista. ¡Cualquier cosa menos trabajar! Ese es el lema máximo de estos poetas de feria, de estos literatos de pandereta, de estos críticos de sección de libros de cualquier hipermercado.
Vivimos tiempos, por fin, en los que estamos condenados a la omnipresencia del pesebrista político-cultural. La razón es evidente. Si para el pesebrista político-cultural determinados políticos y los patrones de la industria cultural son ante todo pesebres, para estos últimos el pesebrista es ante todo una vedette, papel ideal para alguien tan políticamente correcto. Causa vergüenza ajena el entusiasmo y la actitud servil con la que el pesebrista asume su papel de vedette en innumerables encuentros, presentaciones, ciclos, lecturas y pregones. La cultura auténtica será la que pagará los platos rotos de este encomio de los infames.

León Riente

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