
Vivimos tiempos en los que el pesebrista de la cultura es mimado y querido por poderes públicos y privados, es bien tratado por la prensa, es hasta considerado por cierto minúsculo público, siempre decreciente. No es de extrañar entonces que un rasgo común en ellos esté en ser auténticos doctores en la corrección política. Y así, tras una jerga que suele ser revolucionaria, liberadora, alternativa o vanguardista se esconde la más profunda corrección política. En el fondo nunca saldrán de los términos medios, de lo establecido, de los lugares comunes. Son demasiado cobardes para cualquier tipo de disidencia real. Estos maestros del eufemismo, de la confusión, de la difuminación e invisibilización de la realidad, de la construcción de relatos, del discurso poliédrico y zigzagueante, de la puesta en escena mediática no dudarán en lanzar el más terrible anatema sobre cualquiera que critique o amenace su modus vivendi pesebrista. ¡Cualquier cosa menos trabajar! Ese es el lema máximo de estos poetas de feria, de estos literatos de pandereta, de estos críticos de sección de libros de cualquier hipermercado.
Vivimos tiempos, por fin, en los que estamos condenados a la omnipresencia del pesebrista político-cultural. La razón es evidente. Si para el pesebrista político-cultural determinados políticos y los patrones de la industria cultural son ante todo pesebres, para estos últimos el pesebrista es ante todo una vedette, papel ideal para alguien tan políticamente correcto. Causa vergüenza ajena el entusiasmo y la actitud servil con la que el pesebrista asume su papel de vedette en innumerables encuentros, presentaciones, ciclos, lecturas y pregones. La cultura auténtica será la que pagará los platos rotos de este encomio de los infames.
León Riente
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