¿Pero qué ocurre cuando un lisonjero o pesebrista político-cultural ve cierto peligro de que su auténtico modus vivendi salga a la luz de la conciencia social?, es decir, ¿cómo reacciona si es objeto de denuncia -aunque sea indirecta- su labor de apoyarse en los poderes y de halagarlos bajo capa de que está luchando por las citadas causas justas o por los marginados culturales o sociales?
Pues como ya hemos señalado en otros artículos, en cuanto a sus rasgos ideológicos, su componente relativista es muy fuerte. Es este componente el que, junto con el esteticismo y no el eticismo, le permite aplacar su conciencia y realizar esta labor “racional”, “social” y “política” delirante; esta anti-labor, si consideramos el papel de auténtico educador social que debe tener el intelectual en la sociedad. Por tanto su reacción ante la denuncia de su falsa labor de pensamiento no será una justificación que, en todo caso, sería un batiburrillo de pseudo-razones y de tergiversaciones sin auténtico peso intelectual. Tampoco sería una justificación directa de su labor atendiendo a “razones de estado“, -entiéndanse éstas aplicadas analógicamente a la esfera cultural-: es decir, algo así como “nuestra labor es necesaria para ir conduciendo a la sociedad poco a poco al seno de la cultura ya que ella sin guía se perdería”, o bien “si no lo hacemos nosotros lo harán otros”, etc., ya que en virtud de su probable militancia anterior dentro de organizaciones progresistas e ideológicamente reivindicativas tienen cierta mala conciencia que a duras penas han logrado acallar y no se atreven a una defensa directa de su actual adscripción con sus antiguos enemigos ideológicos.
Por tanto, sólo les queda psicológicamente la defensa mediante la variante relativista. Es decir, relativizar el concepto. ¿Y cómo hacerlo si carecen de convicciones en virtud de ese mismo relativismo? Pues atacando desde coordenadas que nada tienen que ver con el problema. Es decir, “echando balones fuera”, renunciando al auténtico juego dialéctico de la racionalidad y atacando a su vez aunque sea sin razones. Por eso, este ataque de los relativistas-pesebristas nunca es un ataque que se base en premisas auténticas, sino que se basa en el pueril “y tú más que yo” pero aludiendo a una acusación peregrina que imaginan falsamente o que construyen. Es decir, por el sólo hecho de sentirse aludidos por una crítica, critican el doble, sea verdad o mentira. Por otro lado esto no debe extrañarnos, pues es la pura psicología de sus amos, los falsos políticos, a los cuales sirven: la teoría del ventilador. De modo que no responderán los pesebristas a las denuncias que un cuerpo social sano pueda realizar contra su infame papel, respuesta a la que estarían especialmente obligados en función de la citada apropiación de fondos públicos, sin justificación auténtica, que realizan. Su reacción característica será enlodazar precisamente a todo aquel que, con todo el derecho del mundo, pida explicaciones y ocultarse un tiempo en alguna madriguera a la espera de que pase el peligro. “Tampoco es cuestión de arriesgar el pesebre por algún principio ético”, piensan ellos; y es que es sabido que un principio ético es un sinsentido para todo pesebrista.
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