El primero es claramente identificable y mucho hemos escrito ya sobre él. Un hipotético escritor, poeta, artista… mediante la lisonja o la alabanza incondicional a una autoridad política edifica su pesebre, o lugar bajo el sol, desde el que medra y en el peor de los casos pontifica, amonesta y se permite dar lecciones de ética o de moral a los contribuyentes, que han pasado a ser los sostenedores económicos de su modo de vida regalado y que por lo tanto… ¡le sufren dos veces! El político acoge al lisonjero y autodenominado escritor, poeta, artista o intelectual, y lo galardona, le otorga una sinecura o financia la edición de su obra, que termina siendo regalada ante la imposibilidad de venderla, ya que este tipo de escritores o artistas no suelen tener lectores ni espectadores reales. Es el tipo de pesebrismo más frecuente en un ámbito local o comarcal.
El segundo tipo de pesebrismo no es menos frecuente ni menos dañino para la cultura. Aquí la lisonja del pesebrista va dirigida a la industria cultural, más específicamente a sus patrones y gestores. Éstos toman a un supuesto escritor o poeta y mediante una promoción ad nauseam hacen de él un éxito de ventas, con la complicidad de la prensa que en muchos casos está relacionada orgánicamente con el resto de la industria cultural. Este pesebrismo funciona habitualmente en el ámbito nacional ya que suele ser en este nivel donde existe un mercado estructurado y lo suficientemente amplio para esta actividad. El llamado escritor o poeta desciende aquí a la categoría de manufacturero de novelas o de libros de poesías, que son en realidad una mercancía con un valor de cambio muy concreto (beneficios empresariales) y que es preponderante sobre su valor de uso. Y es que estas obras no trascenderán. Es el resultado necesario de un modelo capitalista de producción de mercancías culturales. El editor necesita a toda costa comerciar y para ello debe disponer de un producto que sea muy vendible, un producto al que se le pueda dar salida. El editor dictamina aquello que el escritor ha de escribir, le da unas claras directrices que orientan el producto al perfil de lo demandado por el consumidor típico de las grandes superficies comerciales: estructura narrativa sencilla y aparentemente cautivante, historias cotidianas, sobreabundancia de estereotipos, corrección política, beatería y en el caso de la poesía ausencia de significado y vacuidad presentadas como innovación o profundidad. La promoción y el éxito de estas obras estarán casi asegurados. El crítico a sueldo del editor y de su grupo empresarial bendecirá la obra y la colocará en la prensa especializada. La gran mayoría de certámenes literarios en nuestro país han sido creados ad hoc en orden a la publicidad de la obra o del autor que disponga el patrón en cuestión. El incremento de los beneficios en este sector empresarial exige de una cultura masificada y esto nos lleva directamente a un descenso terrible en el nivel de lo elaborado y a la necesidad del elemento del pesebrista económico-cultural para ejecutar este plan empresarial. Estamos ante un fenómeno puro de literatura burguesa. Un hecho cultural, un acontecimiento cultural es sinónimo ahora de una exitosa operación comercial. Lo que no garantice unos márgenes aceptables de beneficios tiende a desaparecer. Una consecuencia de todo esto es la corrupción del gusto del lector. La industria cultural ha generado una gran masa lectora pero de baja calidad, que ignoran todo de Pérez Galdós, Valle Inclán, García Lorca, Dostoievski o Hesse. El viejo adagio de que el escritor elige a sus lectores mediante su modo de escribir y la inteligibilidad o ininteligibilidad que le da a su obra no rige ya aquí. El editor elige a los potenciales lectores, a los compradores de sus mercancías, prototipo de los cuales es, como se ha dicho, el tipo humano asiduo al hipermercado. El escritor y poeta pesebrista y entregado a esta industria no será ya nunca más un escritor sino un mero intermediario, ni seleccionará ningún público mediante su estilo o su narrativa, y una razón no menor será que carece de la capacidad y del talento para hacerlo porque el pesebrista cultural es un mediocre. Un cataclismo cultural está servido.
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