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Como jóvenes Robinhoods
Hace ya unos cuantos años, menos de los que me gustaría reconocer, mis amigos, mis hermanos y yo, cuando no estábamos jugando al fútbol, o al béisbol, o al rol, o en la playa, o simplemente apalizándonos unos a otros, nos dedicábamos al hurto a pequeña escala. Refugiados en nuestra frágil cabaña, construída con unos cuantos palos y algunas planchas de conglomerado en un infecto secarral a sólo 15 metros de nuestros verdaderos hogares, tramábamos majestuosos planes minuciosamente detallados para conseguir nuestros preciados botines, que no eran otra cosa que chicles, pipas, regalices y gusanitos. Tesoros de ese tipo. Nuestro objetivo era robar al rico, es decir, al dueño de la tienda, para repartirlo entre los pobres, es decir, entre nosotros mismos. Éramos jóvenes Robinhoods y jamás nos sentimos mal por ello, o al menos no del todo, por dos sencillos motivos: el primero era el deseo de equilibrar la balanza. Hasta el gato del vecino sabía que esa tienda de comestibles era la tapadera de algo más gordo, algo más oscuro, algo más lucrativo que vender kikos. El nuestro era un barrio dividido en dos sectores, el sector que consumía palmeras de chocolate y el sector que se fumaba el chocolate y luego se comía la palmera. Así las cosas, era nuestro deber, y el deber de todo ciudadano que se precie, hacer un poco de justicia y de paso castigar al corrupto, que de todas formas ya había envilecido el producto con la verdadera naturaleza de su negocio. Lo que sea para justificarnos. El segundo motivo, y también el más importante, es que robar mola. Da igual la forma o el método, cuando uno se va de rositas con un artículo que no ha pagado se le alegran las endorfinas y una sonrisa nerviosa se le instala en el rostro. Robar nos conecta con nuestra naturaleza salvaje, con nuestro yo primigenio, el de la jungla, el de la ley de la selva. Y no sé por qué, pero a mí de un tiempo a esta parte me parece que esto de la música y las películas por la patilla se ha convertido un poco en la ley de la selva. Fuertemente anclados en nuestro espíritu juvenil, el mismo que tramaba planes en una barraca, nos dedicamos a meternos en internet, que se ha convertido en la tienda del barrio, dar una vuelta y coger lo que más nos apetezca, con la grandiosa variante de que ahora no tenemos ni que escondernos las cosas en los bolsillos. Las cogemos, se las enseñamos al tendero con una sonrisa de película y nos vamos tan panchos. Y que ni se le ocurra decirnos algo, que ni se le pase por la cabeza pedir algo a cambio, porque entonces dejamos de sonreír, nos amparamos en nuestros derechos, siempre por encima de nuestros deberes, y nos encaramos con la valentía y la arrogancia del que se sabe ganador. Creo que no hace falta que ahonde en las (no demasiado afortunadas) metáforas. Pero sí me gustaría decir una cosa más, que era justo lo que decía Colombo cuando estaba a punto de soltar algo importante y el caso daba un vuelco y todos nos quedábamos con cara de tontos: detrás de Ramoncín, detrás de Teddy Bautista, detrás de Alejandro Sanz y de Amenabar y de Almodovar, incluso detrás de Colombo, hay un anónimo empleado, un proletario de la industria de la música, del cine o de la televisión que necesita de esos ingresos extra, de esos pequeños ingresos que puede reportar este insidioso canon, para conseguir sobrevivir al casi obligatorio periodo de incertidumbre entre un disco, una película o una serie sin tener que prostituirse o plantearse que volver a construir la cabaña y continuar siendo un joven Robin Hood no era tan mal plan, porque al fin y al cabo no le hace daño a nadie, y si hace daño no importa, porque el tendero es un desalmado y un corrupto y pasta en un pesebre. Al menos eso es lo que nos gusta pensar. Lo que sea para justificarnos.
Francisco Dianes
2 comentarios:
No hace falta justificar que en el fondo todos seguimos siendo esos niños que veían una injusticia y se tomaban la ley por sus manos pequeñas. No hace tantos años que de puntillas buscábamos las palmeras de chocolate en el mostrador de la panadería. Pero hace mucho tiempo que no leía un texto tan bueno. Felicidades al autor.
Un cordial saludo.
Totalmente de acuerdo con todo el articulo. La unica pena de todo es que los gritos de auxilio no lleguen desde la cabaña en el insano arrabal, sino desde la mansión (con pantalán y yate correspondiente) en lo mejorcito de Miami. Me gustaria ver quejarse a ese sector mas afectado y que realmente se desligaran de todos estos personajillos tan odiados por todos.
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