
Parece llegado el momento de comenzar también la labor intelectual de describir al intelectual anti-pesebrista, al intelectual independiente y comprometido con la auténtica labor de contribuir a la existencia de una sociedad más informada, madura y responsable. Y como su labor principal se centra en la crítica que realiza al servicio de las instituciones sociales, dedicaremos una parte relevante de nuestra descripción al análisis de esta importantísima función social y humana.
Digamos previamente que el intelectual anti-pesebrista no tiene por qué ser, en principio, ni inofensivo ni idealista en el sentido de quijotesco. Para mí este tipo de intelectual, en puridad, es mucho más peligroso para los poderes establecidos que no cumplen bien su función que alguien que esté siempre unidireccionalmente combatiendo a todo personaje conectado en alguna medida al pesebre. Ello es así porque las personas no somos perfectos integralmente; es decir, existen entre los pesebristas tipos suaves que, al mismo tiempo que viven del pesebre, contribuyen en alguna medida con su pensamiento y con su hacer a realizar algún bien a la sociedad. Hemos tenido ejemplos y los tenemos de este tipo de pesebrista suave o híbrido en todos los regímenes políticos y en todos los modelos de democracia participativa dominada por la partitocracia moderna. Por tanto, aparte del peligro de ser demasiado exigentes con los requisitos a cumplir por parte del intelectual comprometido, debemos dar un respiro a la pluma y oportunidad a nuestros críticos, a su vez, para que ejerzan su mordaz inquisitoria sobre nuestra labor anti-pesebrista. Todo crítico auténtico debe saber someterse, a su vez, a la crítica. Luego hablaremos de la verdadera crítica y del verdadero crítico.
Al mismo tiempo, pienso que quizás la labor del pensar que trata de llegar a la esencia del ser de un intelectual libre y comprometido, donde los haya, sea aún más importante que la de poner en conceptualización la figura del pesebrista por aquello de que el no ser se define por relación al ser. Al menos, sería tan importante, pues los límites de toda definición están en la exclusión de lo que definen y si, el pesebrista excluye en su “de-finición” (“de-limitación” o fijar los límites de algo) al intelectual independiente, o anti-pesebrista, éste a su vez excluye al pesebrista o no comprometido. Es decir, las descripciones complementarias se enriquecen y aclaran recíprocamente.
Por otra parte, siguiendo la filosofía del Tao te King, vemos que una gran tormenta, cuanto más intensa menos puede durar y después de ella viene el agotamiento de las fuerzas naturales que la producen; de este modo, después de una primera fase de denuncias intensas del intelectual corrupto y vendido a los poderes que imperan en la sociedad puede venir cierta saturación del "umbral sensorial de escucha" de esta sociedad y el peligro de provocar el efecto contrario. Por esto, una labor constante y equilibrada de crítica bien estructurada reconociendo tanto lo que se hace bien como denunciando el pesebrismo y lo que se hace mal, a la larga es más efectiva. Esta labor renueva las propias fuerzas y renueva la confianza y voluntad de escucha de los ciudadanos en relación a quien se reviste de la aureola de la imparcialidad y del equilibrio.
Se trata, por tanto, de comenzar a describir en esta fase al intelectual independiente crítico-constructivo y, por ello, anti-pesebrista que es el verdadero enemigo temido por los falsos poderes, ya que al intelectual demasiado unilateral es más fácil calumniarlo y acusarlo, a su vez, de tener intereses encubiertos que lo empujan a su crítica, aunque esto sea absolutamente falso.
Pienso, atendiendo a otro aspecto del problema, que todo poder tampoco es malo. El poder cumple una función; el mundo sin jerarquía o funciones estructurales se desmorona al cabo de un tiempo más o menos largo. No existe sociedad ni institución social que pueda pervivir mucho tiempo sin ley y orden, pero, claro, el exceso de ley y de orden -o estos mismos mal aplicados- también terminan con las sociedades.
En cuanto al auténtico espíritu crítico que debe poseer un intelectual independiente y comprometido socialmente, sería necesario describir, por una parte, su capacidad de recibir críticas y, por otra, la forma correcta de realizar las mismas. En efecto, nadie debería ser crítico si no admite el ser criticado a su vez.
El intelectual que posee un auténtico espíritu crítico interpreta las críticas que recibe como una oportunidad de recibir una información que puede ayudarle a mejorar en algún sentido; no se siente atacado y por eso procede a una reacción de defensa automática, sino que escucha y trata de tener en cuenta lo positivo de la crítica recibida. No obstante, debe distinguir entre la crítica constructiva y aquella crítica resentida que sólo busca desprestigiar y destruir todo lo que no procede de él mismo. A pesar de esto y aunque una crítica recibida sea predominantemente destructiva debe tener en cuenta que puede contener alguna información verdadera y aprovecharla para su propio conocimiento y mejora personal.
Por otra parte, esto mismo se aplica a la formulación de las críticas que realiza el intelectual anti-pesebrista o crítico-positivo. Debe saber formularlas constructivamente. Criticar sin acritud, sin crispación, generando un clima tranquilo, reflexivo y equilibrado que se preste a la comprensión de lo que tratamos de transmitir por parte de quien nos lee o escucha. Tener una actitud de respeto hacia las ideas y el comportamiento ajeno, aunque manifestemos lógicamente en esa crítica que no estamos de acuerdo con él. Poner rigor y razonamiento en lo que se dice; recabar hechos que apoyen lo que decimos. Si se trata de defendernos de alguna crítica anterior, debemos hacerlo sin ningún tipo de auto-justificación excesiva sino empleando los mismos parámetros ya dichos en esta defensa. Acudir a los derechos propios y a los de los demás sin ningún tipo de parcialismo ni de ansiedad. Aceptar la opinión de los demás dentro de esta equidad en los principios; huir de maniqueísmos y de simplificaciones extremas y generales entre buenos y malos.
Es necesario también valorar los aspectos positivos de la persona o de la institución a la que sometemos a crítica. Basarnos en fin, en hechos objetivos y contrastados porque el menor error puede echar abajo nuestras argumentaciones. No descalificar al individuo en su totalidad, sino aspectos concretos de su actuar o de su pensar. Evitar generalizaciones y vaguedades. Ser modestos, en fin y recordar que, a veces, la mejor crítica es no hacer ninguna crítica sino dejar a los otros que se muestren tal como son si no existe una opción viable de crítica en ese momento.
Nadie es perfecto, todos vivimos sometidos a tensiones que nos hacen distorsionar la realidad. Dar oportunidad a los oponentes a que reconozcan estos factores y puedan rectificar. Demostrar con actos que también nosotros rectificamos en lo que reconocemos como errores cometidos.
Si exigimos todo esto, nosotros a su vez debemos encajar las críticas escuchando atentamente; reconocer la parte de verdad que pueda haber en lo que nos dicen. Solicitar alternativas a nuestro interlocutor. Distinguir y expresar si es necesario nuestro malestar distinguiendo ente el fondo de la crítica y la forma incorrecta o difamatoria en que nos ha sido hecha. Negar con hechos y razonamientos pero sin herir al otro ni crearle incomodidad ante imputaciones que creemos improcedentes o inadecuadas.
Soy consciente de lo incompleto de este análisis como es incompleto todo comienzo; sólo he tratado de contribuir con algunos pensamientos al diseño de lo que debería ser, en mi opinión, el pensar y el actuar de un intelectual consciente y honesto para con sus semejantes, ciudadanos de la misma empresa común de ser hombre en medio de una sociedad tan compleja pero tan apasionante y llena de opciones vitales como la que nos ha tocado vivir.
Digamos previamente que el intelectual anti-pesebrista no tiene por qué ser, en principio, ni inofensivo ni idealista en el sentido de quijotesco. Para mí este tipo de intelectual, en puridad, es mucho más peligroso para los poderes establecidos que no cumplen bien su función que alguien que esté siempre unidireccionalmente combatiendo a todo personaje conectado en alguna medida al pesebre. Ello es así porque las personas no somos perfectos integralmente; es decir, existen entre los pesebristas tipos suaves que, al mismo tiempo que viven del pesebre, contribuyen en alguna medida con su pensamiento y con su hacer a realizar algún bien a la sociedad. Hemos tenido ejemplos y los tenemos de este tipo de pesebrista suave o híbrido en todos los regímenes políticos y en todos los modelos de democracia participativa dominada por la partitocracia moderna. Por tanto, aparte del peligro de ser demasiado exigentes con los requisitos a cumplir por parte del intelectual comprometido, debemos dar un respiro a la pluma y oportunidad a nuestros críticos, a su vez, para que ejerzan su mordaz inquisitoria sobre nuestra labor anti-pesebrista. Todo crítico auténtico debe saber someterse, a su vez, a la crítica. Luego hablaremos de la verdadera crítica y del verdadero crítico.
Al mismo tiempo, pienso que quizás la labor del pensar que trata de llegar a la esencia del ser de un intelectual libre y comprometido, donde los haya, sea aún más importante que la de poner en conceptualización la figura del pesebrista por aquello de que el no ser se define por relación al ser. Al menos, sería tan importante, pues los límites de toda definición están en la exclusión de lo que definen y si, el pesebrista excluye en su “de-finición” (“de-limitación” o fijar los límites de algo) al intelectual independiente, o anti-pesebrista, éste a su vez excluye al pesebrista o no comprometido. Es decir, las descripciones complementarias se enriquecen y aclaran recíprocamente.
Por otra parte, siguiendo la filosofía del Tao te King, vemos que una gran tormenta, cuanto más intensa menos puede durar y después de ella viene el agotamiento de las fuerzas naturales que la producen; de este modo, después de una primera fase de denuncias intensas del intelectual corrupto y vendido a los poderes que imperan en la sociedad puede venir cierta saturación del "umbral sensorial de escucha" de esta sociedad y el peligro de provocar el efecto contrario. Por esto, una labor constante y equilibrada de crítica bien estructurada reconociendo tanto lo que se hace bien como denunciando el pesebrismo y lo que se hace mal, a la larga es más efectiva. Esta labor renueva las propias fuerzas y renueva la confianza y voluntad de escucha de los ciudadanos en relación a quien se reviste de la aureola de la imparcialidad y del equilibrio.
Se trata, por tanto, de comenzar a describir en esta fase al intelectual independiente crítico-constructivo y, por ello, anti-pesebrista que es el verdadero enemigo temido por los falsos poderes, ya que al intelectual demasiado unilateral es más fácil calumniarlo y acusarlo, a su vez, de tener intereses encubiertos que lo empujan a su crítica, aunque esto sea absolutamente falso.
Pienso, atendiendo a otro aspecto del problema, que todo poder tampoco es malo. El poder cumple una función; el mundo sin jerarquía o funciones estructurales se desmorona al cabo de un tiempo más o menos largo. No existe sociedad ni institución social que pueda pervivir mucho tiempo sin ley y orden, pero, claro, el exceso de ley y de orden -o estos mismos mal aplicados- también terminan con las sociedades.
En cuanto al auténtico espíritu crítico que debe poseer un intelectual independiente y comprometido socialmente, sería necesario describir, por una parte, su capacidad de recibir críticas y, por otra, la forma correcta de realizar las mismas. En efecto, nadie debería ser crítico si no admite el ser criticado a su vez.
El intelectual que posee un auténtico espíritu crítico interpreta las críticas que recibe como una oportunidad de recibir una información que puede ayudarle a mejorar en algún sentido; no se siente atacado y por eso procede a una reacción de defensa automática, sino que escucha y trata de tener en cuenta lo positivo de la crítica recibida. No obstante, debe distinguir entre la crítica constructiva y aquella crítica resentida que sólo busca desprestigiar y destruir todo lo que no procede de él mismo. A pesar de esto y aunque una crítica recibida sea predominantemente destructiva debe tener en cuenta que puede contener alguna información verdadera y aprovecharla para su propio conocimiento y mejora personal.
Por otra parte, esto mismo se aplica a la formulación de las críticas que realiza el intelectual anti-pesebrista o crítico-positivo. Debe saber formularlas constructivamente. Criticar sin acritud, sin crispación, generando un clima tranquilo, reflexivo y equilibrado que se preste a la comprensión de lo que tratamos de transmitir por parte de quien nos lee o escucha. Tener una actitud de respeto hacia las ideas y el comportamiento ajeno, aunque manifestemos lógicamente en esa crítica que no estamos de acuerdo con él. Poner rigor y razonamiento en lo que se dice; recabar hechos que apoyen lo que decimos. Si se trata de defendernos de alguna crítica anterior, debemos hacerlo sin ningún tipo de auto-justificación excesiva sino empleando los mismos parámetros ya dichos en esta defensa. Acudir a los derechos propios y a los de los demás sin ningún tipo de parcialismo ni de ansiedad. Aceptar la opinión de los demás dentro de esta equidad en los principios; huir de maniqueísmos y de simplificaciones extremas y generales entre buenos y malos.
Es necesario también valorar los aspectos positivos de la persona o de la institución a la que sometemos a crítica. Basarnos en fin, en hechos objetivos y contrastados porque el menor error puede echar abajo nuestras argumentaciones. No descalificar al individuo en su totalidad, sino aspectos concretos de su actuar o de su pensar. Evitar generalizaciones y vaguedades. Ser modestos, en fin y recordar que, a veces, la mejor crítica es no hacer ninguna crítica sino dejar a los otros que se muestren tal como son si no existe una opción viable de crítica en ese momento.
Nadie es perfecto, todos vivimos sometidos a tensiones que nos hacen distorsionar la realidad. Dar oportunidad a los oponentes a que reconozcan estos factores y puedan rectificar. Demostrar con actos que también nosotros rectificamos en lo que reconocemos como errores cometidos.
Si exigimos todo esto, nosotros a su vez debemos encajar las críticas escuchando atentamente; reconocer la parte de verdad que pueda haber en lo que nos dicen. Solicitar alternativas a nuestro interlocutor. Distinguir y expresar si es necesario nuestro malestar distinguiendo ente el fondo de la crítica y la forma incorrecta o difamatoria en que nos ha sido hecha. Negar con hechos y razonamientos pero sin herir al otro ni crearle incomodidad ante imputaciones que creemos improcedentes o inadecuadas.
Soy consciente de lo incompleto de este análisis como es incompleto todo comienzo; sólo he tratado de contribuir con algunos pensamientos al diseño de lo que debería ser, en mi opinión, el pensar y el actuar de un intelectual consciente y honesto para con sus semejantes, ciudadanos de la misma empresa común de ser hombre en medio de una sociedad tan compleja pero tan apasionante y llena de opciones vitales como la que nos ha tocado vivir.
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